A alguien puede parecerle que ha pasado una eternidad, a otros les puede parecer que el tiempo no ha transcurrido nada, sin embargo el fenómeno de la corrupción, aquella trama nunca resuelta entre política y empresariado, está todavía allí imponiéndose a la atención de todos. Hace dieciocho años, las primeras encuestas de “Mani Pulite” (manos limpias), conducidas por la magistratura milanesa sobre la perversa relación entre empresa y política, destaparon una caja de la cual salió de todo: financiaciones ilícitas a los partidos, el cobro de impuestos revolucionarios a las más variadas actividades empresariales, corrupción desbordada en los sectores base de la administración pública… Sanidad, funcionariado y medio ambiente: ni uno de los engranajes de la máquina administrativa del país ha resultado indemne de incrustaciones y, al final, una clase entera de poder ha sido eliminada. En diciembre, cuando Transparency International, una ONG que lucha contra la corrupción a través de iniciativas de educación ética y moral, publicó su informe anual, se recibió la confirmación de que no sólo el fenómeno no ha desaparecido, sino que Italia ya está en “buena” compañía en esta clasificación especial. Transparency Internacional monitoriza el estado de la corrupción a través del uso de indicios muy interesantes. Por ejemplo, si se quiere saber qué grado de presión ejercen las multinacionales en sus actividades en el extranjero, basta consultar el Bribe Payer Index 2008. Se descubre, por un lado, que los que se ensucian menos las manos con los “sobrecitos”, son las empresas que cuentan con una estructura sólida y económicamente válida; por otro lado, se evidencia que, también para las empresas más virtuosas, la realidad con una fuerte inestabilidad política (África in primis) inducen a menudo a poner a parte los buenos propósitos y a encontrar atajos fáciles. Como estaba previsto encontrarse, en esta especial clasificación Italia ocupa un indecoroso vigésimo puesto y se impone como la peor nación de la UE.
Tampoco es bueno para Italia la clasificación de otro índice, aquel en el que se percibe la corrupción. Estar a la par que la Seychelles, en el quincuagésimo puesto y además, haber perdido diez posiciones en un año, del 2007 al 2008, no es gran cosa si se está hablando de un estudio que evalúa la concienciación de los ciudadanos de los países que han sido analizados. Por otra parte, las premisas a las cuales hemos asistido en estos días no son de las mejores y nos ayudan a encontrar pruebas que puedan confutar esta tesis. Bastaría pensar en el caos judicial que ha interesado al partido democrático, una coalición que a la vuelta de pocos meses desde su nacimiento ha visto importantes exponentes indagados por informes poco claros con sociedades de servicios ya condenadas por cohecho (el investigador Global Service), por conclusión (el alcalde de Pescara, el sr. d’Alfonso) y por corrupción (asesores de la junta florentina y el Presidente de la región de Abruzzo).
Mientras tanto, a la espera de que la magistratura complete sus investigaciones y de que las acusaciones vayan seguidas de las eventuales condenas, Italia se consolará con la aprobación del enésimo decreto de ley que pondrá límite a las interceptaciones, sin las cuales los escándalos italianos se hubiesen quedado en la oscuridad.
Franco Sessa