March 21st 2009 07:58 am

El laicismo italiano en peligro de extinción

Desde hace más de 15 años que se está hablando de este tema en Italia, aunque en Francia, España, Bélgica, Reino Unido y los Países Bajos es ya un estatuto adquirido: el testamento vital, la libertad de poder disponer de la propia vida en casos extremos (sobre todo cuando la voluntad manifiesta está encubierta por condiciones de salud que impiden expresarse), se ha puesto de moda, con prepotencia, en los últimos meses. El debate actual ha sido provocado por el caso de Eluana Englaro, una desafortunada chica italiana mantenida en vida desde hace 17 años solamente gracias a la nutrición forzada y a base de curas específicas para enfermos en estado vegetativo. Su familia, desde hace muchos años, ha intentado asegurar una muerte digna recurriendo a la justicia ordinaria.

Eluana murió el pasado 9 de febrero, después de la suspensión de la alimentación dispuesta por la Corte de Apelación Civil de Milán, al final de un largo calvario ético y jurídico que ha dejado rastros de una polémica todavía viva en el debate político y social en Italia. El gobierno italiano ha intentado bloquear hasta el final la actuación de esa sentencia, a través de la acción administrativa (inspecciones ministeriales y amenazas de suspensión de los fondos a las clínicas dispuestas a acoger a Eluana) y legislativa.

No es el caso de rubricar el episodio de Eluana Englaro como el enésimo caso en que Italia ha demostrado ser una democracia « laicamente » incumplida, donde una mayoría más devota a las sacras disposiciones de la Iglesia católica que no al bien común, y una oposición pávida que esconde la cabeza bajo el lema de la ”libertad de conciencia”, enseñan la cara peligrosa de un Estado obsesionado por una deriva intervencionista.

De Italia llega un inquietante presagio, que pone en peligro la calidad del partner europeo y que genera, indirectamente (pero también sutilmente), discusiones sobre la naturaleza y la validez de las convenciones y los tratados europeos ya aceptados. Me refiero, (de manera particular), al reclamo de la laicidad como valor fundador del Tratado de Lisboa y de la Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea, en los cuales el fondo que sobrevive define al hombre como el sujeto del cual es fundamental defender la dignidad como persona, haciéndolo responsable de sus actos y de sus decisiones y garantizando así los instrumentos útiles para la construcción de una anunciada elección.

Sin embargo, la rapidez impresa por el gobierno italiano para la aprobación de un decreto que revocara lo dispuesto por la Corte de Apelación milanesa y restableciera la alimentación de Eluana tiene serios vicios de constitucionalidad y lanza un grave mensaje al resto de Europa.

¿Puede de hecho un partner europeo no crear una cuestión de legitimidad y expresar una viva preocupación en las confrontaciones de un estado que, en nombre de un vacío legislativo sobre el tema, pone el estatuto del decreto de urgencia como instrumento para gobernar un sólo caso y restarlo del debate político? ¿Cómo se puede fingir que nada ha pasado delante de un acto de tal fuerza que se pone en contraste con los primeros 19 artículos de la Carta de los derechos fundamentales de la Unión Europea, donde libertades y derechos del ciudadano están bien declarados según principios diametralmente opuestos? Y aunque se quisiera salir de la visión europea - por miedo a encerrarse en una discusión sin salida - igual se tendría que preguntar qué Carta o Convención universal no pondría el acento sobre la inviolabilidad de la dignidad humana y no se haga mensajera de las acciones de tutela de la libertad de elección.

Bastaría recordar solamente un caso análogo ocurrido en EEUU, el de Terry Schiavo, donde la intrusión del Parlamento Americano fue rápidamente contenida por los jueces, evitando así la especulación política a la que se ha aferrado Italia.

La disposición de la ciudadanía -concepto veladamente presente en los pliegues de la ley sobre el testamento vital propuesto por el gobierno italiano- es un principio que hace volver a culturas totalitarias tristemente conocidas por la Comunidad Europea y por eso no puede ser aceptada desenfadadamente, aún si el llamamiento fundamental es la salvaguarda de la vida a toda costa, un integrismo religioso del cual nadie, siente la necesidad en un contexto europeo vuelto a la garantía de la laicidad como valor absoluto.

De hecho no se debe olvidar que la defensa de la laicidad ha ocurrido en medio de un debate sobre la redacción de la Constitución europea y ha visto el alzamiento de las barricadas políticas de parte de quién pedía a gritos la introducción de inequívocos llamamientos a las raíces cristianas de Europa. Haber mantenido la deriva integrista no ha calmado el empujón de estos paladines de la cristiandad violada y no nos pone a cubierto de su espíritu de cruzados.

Franco Sessa

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