Según las últimas cifras publicadas por Eurostat, en el mes de enero de 2009, la tasa anual de la inflación en la Zona Euro se sitúa en el 1,6% (0.8% en España), mientras que en diciembre de 2008 rondaba el 2,1% (1.4% en España). Eurostat también publicó los datos relativos al índice de precios industriales (IPRI), relativo a los precios de los bienes comercializados entre empresas, que, en el último año, bajó un 2,1% en la UE. Esta caída en los precios hace temer que en los próximos meses podamos presenciar una deflación. ¿Deberíamos, pues, preocuparnos por la caída en los precios? En realidad, no es algo inusual que los precios fluctúen, puesto que al incremento de unos se suele asociar la disminución de otros. Sin embargo, a causa de dicha caída generalizada, los consumidores son más reacios a gastar dinero en lo que producen las empresas, profundizando, así, la crisis. Además a causa de la caída de precios, los tipos de interés reales aumentan y encarece emprender un proyecto de inversión. En este escenario, la economía entra en una espiral descendente caracterizada por una disminución del consumo y de la inversión, que a su vez hace que los precios bajen todavía más. En un caso como este, ¿qué se deberían hacer con las políticas económicas? Muchas son las acciones que se podrían plantear. En primer lugar, podrían dejar que los gobiernos actúen, puesto que si estos gastaran más e invirtieran en proyectos, apoyarían la actividad económica. Además, este gasto adicional no debería necesariamente gravarse a los ciudadanos de forma inmediata, pero sí daría lugar a un mayor endeudamiento público. Segunda opción podría ser que los bancos centrales impusieran unos tipos de interés negativos, es decir un impuesto sobre los depósitos (estrategia que no se ha aplicado jamás en la historia), o que pusieran fecha de caducidad a los billetes de dinero. Sin embargo, todas estas medidas resultarían muy mal vistas por los ciudadanos.
Así pues, ¿qué más podrían hacer los bancos centrales? Podrían emitir tantos billetes como les plazca y comprar activos financieros hasta que la inflación se sitúe donde ellos quieren. También podrían bajar los tipos de interés comerciales a corto plazo comprando bonos de corta duración y, a continuación, invertir en bonos del estado para así reducir también los tipos de interés a largo plazo. Esto resultaría una medida complementaria a las acciones de los gobiernos que ya han empezado a gastar más. En fin, como última opción, los bancos podrían optar por la compra de acciones privadas. Todas estas políticas económicas son muy poco ortodoxas y nunca se han aplicado en práctica. En los años 90, Japón fue incapaz de adoptar esas medidas, y de hecho, sigue sumida en una crisis desde entonces. Como estamos viviendo una crisis económica global de una profundidad jamás vista, seria mejor no repetir esos errores, y pensar en unas medidas adecuadas, aun parecen extravagantes.
(Fuente: No need to panic:– we can beat deflation, Financial Times, 07/12/08)